El fin
El día que Jaime salió de la jaula el mundo llegaba a su fin. Si, el fin de los tiempos tocaba la última campanada de la noche. Miles de años, millones de vidas, billones de historias colapsando una tras otra como si fueran parte de una gran catarata.Todo caía hacia el abismo, sin clemencia, sin piedad. El estruendo era insoportable. Tronaban las rocas, el cielo agrietado dejaba entrever una poderosa cortina de luz pujando el firmamento.
Jaime miraba asombrado.
Dos gigantes molian el horizonte a martillazos. Las personas, aterradas, corrían sin poder escapar. El fin era inevitable.
Columnas de fuego devoraban los bosques. Las grandes ciudades se desmoraban como castillos de naipes, mientras los pueblos y aldeas se compactaban como bolas de papel.
Rottargor, el rey de la destrucción, reía a carcajadas mientras sus ojos brillaban como bolas de hierro al rojo vivo. Como un estratega dirigía el colapso del tiempo y del espacio de manera brillante.
Poco quedaba en pié. Las ruinas del mundo civilizado se fundian como azufre. Los campos, montañas y mares ya no estaban. Todo el planeta parecía ser una alfombra de polvo y ceniza.
Jaime, como todos, había muerto. Ni siquiera se dió cuenta. Sus músculos se contrajeron destruyendo sus huesos y órganos en un instante. Sólo sus plumas, cayendo desde lo alto, embellecían el cielo.
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