Aquel ingenuo jardín
Cuando en el pecho algo se rompe, no hay vuelta atrás. Bien lo sabes, me conoces.
Cuando en el pecho algo nace, no hay nada que temer. Bien lo sabes, ese es el Camino a recorrer.
No podemos seguir manteniendo la misma actitud de acusar y acusar al otro de nuestras propias carencias.
Somos pobres, mendigando lo ageno. ¿Cuántas veces te lo dije? Y no me pudiste entender.
No hay responsables en esto, no hay otros dos a quien reprochar.
Crecer no es natural, hay que desearlo, hay que animarse.
El tiempo, como un libro, lleva en sus registros todos los principios y todos los finales, más el tiempo, nunca se acaba.
Odiar a una flor, culparla de aquello que hoy te destroza el corazón, no tiene sentido.
Que sea la hora de levantarse y seguir, que sea la hora de cortar por lo sano, las espinas que quedaron de aquella rosa, que algún día perfumó aquel ingenuo jardín.
Basta, ya no hay nada que hablar.
El viento de Junio trae consigo el frío y el olvido, también el recuerdo, de que cada cual habrá de hallar su propio lugar.
Mientras lloras, ahí afuera, el sorsal y el bichofeo siguen cantando. El sol, iluminando la sierras, mantiene su tránsito invernal. El río sigue corriendo entre las piedras y el berro, la gente pasea y los caballos galopan, como siempre.
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