Antonio y Rimbaud
Antonio ha sido condenado a muerte.
Días atrás, jugaba amistosamente con sus animales. Cada cual destacaba en sus encantos, sonrisas, heridas infantiles. Un crisol de suspiros.
Antonio era único. El era como vos. Sencillo, normal. Algo loco, creativo, solitario. Él, dicen todos los que lo conocieron, era como vos.
Ahora bien, no le gustaba esperar, aunque le salía tan bien que si se perdía el amanecer, por ejemplo, podía quedarse esperando en el mismo lugar al próximo. Y así, espero tanto que ya no le gustaba, hasta que un día dejó de esperar.
Un auto blanco lo pasó a buscar por la ruta que va para el norte, y así, sin nada mas que unos libritos de poesía, se fue y nadie lo volvió a ver por sus pagos.
Inmediatamente, todo su pueblo lo condenó. Antonio fue condenado a muerte. Pero lo que su pueblo no sabía, era que Antonio no podía morir.
Antonio era inmortal, como una mirada de esas que te dejan suspirando.
Él conocía muy bien el secreto de la vida eterna. Nada tenía que ver con un conocer lo externo, un ser, un Dios o algo así. No.
El sabía que la eternidad era de por sí lo único real. Y que dentro de lo real está el pavo real. El tampoco puede morir.
Las letras nos permiten hacer con ellas lo que querramos porque también son inmortales.
¿Te imaginas que a fin de cuentas todos sean inmortales?
El cambio, si, el bendito cambio te dice lo contrario, pero el también es inmortal. Todo es inmortal, todo es real, tan real como un pavo. Y ese pavo, soy yo.
Por esto lo condenaban al Antonio, por esto y por tantas otras más. Pero ¿qué importa, no?
Rimbaud nos espera en el infierno.
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