El espíritu del Caballo
Joao tenía 35 años. Pocas veces en su vida había montado un caballo. Un día, un amigo suyo le encomendó el cuidado de su yegua durante algunos días y como donde Joao vivía había mucho lugar aceptó el pedido.
La yegua era blanca, blanca como la nieve, con algunos tintes grises desperdigados por el cuerpo.
Joao dedicó un buen rato cada día para estar con ella, mirarla comer, sentirla respirar, andar.
Poco a poco el espíritu del caballo comenzó a dialogarle. Libertad, pureza, honestidad, simpleza, fueron algunas cualidades que el espíritu le transmitió. Cada vez que la montaba la conexión entre ambos aumentaba. Joao aprendió mucho, pero el aprendizaje no fue teórico sino más bien desde el sentimiento, desde esa animalidad que compartimos con los otros animales.
El espíritu del Cabello es poderoso como el viento, como el río que fluye chocando las rocas cambiando el cause desde dentro pero también cálido y suave como un rayo de sol por las mañanas de invierno.
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