Kuntuzangpo
¿Quién te lee? Pregunté.
No lo sé, no lo sé.
Pero ¿a quién le escribís? Reproché.
No lo sé, no lo sé.
Mirá, escribir no es lo que hago, sino mas bien es la escritura quién me controla. No soy yo quién dicta el orden de las letras al caer, son las letras que, por su naturaleza, se ordenan una a una dando forma a este cúmulo de textos, a esta catarata de relatos.
La libertad del escritor, del poeta, radica mas allá de lo visible. Todo sucede allí, en lo invisible.
Donde estas letras calan, ahí estoy yo. Donde estas letras dibujan cada una de las imagenes que ves cuando las lees, ahí estoy yo.
Sentado, como hace tiempo, en alguna esquina, mientras la noche cubre el cielo, mientras alguna estrella baja a compartir una bebida o algún humito. Todo esto ocurre, o mejor dicho, sucede naturalmente. Somos naturaleza.
No hay humanidad que pueda soportar semejante intensidad, semejante revelación, que la humanidad de los poetas.
No hay siquiera uno entre nosotros que no sea como vos, o como aquel. Porque no somos diferentes, aunque tampoco somos parecidos.
No importa eso. Somos naturaleza.
Puedo irme a descansar. Los párpados se van poniendo pesados, las letras seguirán su curso, y yo, que no soy yo, dejaré este cuerpo vertebrado sobre la cama para sumergirme en las profundidades de quien sabe qué.
Kuntuzango.
Fin
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