El caminante
Lup estaba cansado. Todo intento por cambiar su vida había terminado en fracaso. Ni su trabajo, ni sus relaciones personales, ni sus hobbies habían podido aplacar esa sensación de fracaso que lo impregnaba todo.
Lup no sabía que hacer, pero si tenía en claro que ya no podía seguir transitando por ese mismo camino un día mas.
Esa misma tarde, después de terminar con su trabajo, salió a caminar.
Caminó uno, dos, tres kilómetros, cuatro, cinco, muchos. Cuando se quiso acordar se encontraba muy lejos de su hogar. En un abrir y cerrar de ojos Lup estaba perdido.
A un costado del camino, al pie de un viejo árbol de nueces, una joven mujer descansaba recostada sobre el tronco. Lup se le acercó y la joven le dijo:
-Bienvenido a tu hogar-
Lup, con cara de no entender lo que la joven quería decirle preguntó:
-¿Mi hogar?-
Ella dijo: -Si, tu hogar. Hace tiempo que te estabamos esperando. El abuelo Jek y Marti se van a poner contentos de tenerte otra vez en casa-.
Lup comenzó a preocuparse. No entendía que es lo que ocurría. En un segundo buscó en su mente el recorrido que había hecho ese día, pero para su sorpresa lo único que encontró fue una colección de recuerdos que nada tenían que ver con él, o al menos eso creía.
-Mi nombre es Gert, ¿no te acordás de mi?. Creo que la desconexión te afectó un poco. No te preocupes que pronto se pasa el efecto-.
Sentado, algo confundido, Lup se tapó el rostro con las manos y se escondió entre sus piernas.
Pasaron algunos minutos y la joven nada le decía. Lup levantó la mirada y pudo ver que el cielo tenía un color jamás visto. Criaturas extrañas y hermosas volaban por los aires. A lo lejos una multitud de edificios con formas diversas convivían de manera armoniosa con el paisaje. El aire era liviano, distinto, y su cuerpo ya no cargaba con aquellas dolencias que tenía. Su mente no era la misma.
-¿Dónde estamos?-preguntó Lup.
-Estamos del otro lado Lup- dijo Gert.
Lup aún no entendía, pero lo que poco a poco iba notando era la belleza que abundaba por doquier.
Gert lo invitó a dar un paseo. Al ponerse de pié se dió cuenta que su cuerpo no era el mismo. Se sentía fuerte y liviano, ágil y silencioso.
-Me siento increible- dijo lleno de asombro.
Sonriendo, Gert lo miró y comentó:
-Has pasado mucho tiempo dentro del campo de Verk. Me alegro muchísimo de que estés de vuelta acá.-
Y en un instante, Lup lo recordó todo. Sus ojos brillaron como dos soles color esmeralda. Una sonrisa enorme se dibujó en su rostro y así volvía a saber, a sentir, a pensar, a vivir, como quien realmente era. Lup era un Karjim, un Karjim muy especial.
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